Me
suele resultar chocante que muchas personas se nieguen a visitar cuevas,
mausoleos o catacumbas alegando problemas de claustrofobia o miedos a lo
subterráneo, y luego anden tranquilamente en Metro.
Es
cierto que todos tenemos un cierto miedo atávico a la oscuridad de las
profundidades de la tierra, aunque, como especie, hemos conseguido superarlo
con el tiempo.
Las
cuevas y grutas fueron refugio para la humanidad durante mucho tiempo en épocas
duras, si bien propiciaron también grandes focos del arte paleolítico.
Hoy en
día poca gente vive en cuevas, pero seguimos moviéndonos por las entrañas de la
tierra con toda normalidad, y sin necesidad de ser espeleólogos, incluidas
todas esas personas que no descenderían a una cueva o sima por todo el oro del
mundo.
Sin
embargo, con su billete en la mano, son capaces de moverse y desplazarse por el
subsuelo urbano, coger trenes y metros subterráneos, a unas profundidades que
sólo de pensarlas fríamente les darían repelús.
Pero es
que los seres humanos somos así.
Yo
suelo utilizar el Metro en mis viajes a Madrid, y siempre me llama la atención
la cantidad de escaleras que hay que subir y bajar para desplazarse a las
estaciones. Menos mal que muchas de ellas son automáticas porque en caso
contrario sería un auténtico Via Crucis; con decir que en Cuatro Caminos se alcanza la mayor
profundidad del sistema de Metro de
Madrid (49 metros,
una profundidad equivalente a la de 20 pisos bajo el suelo), queda todo dicho.
Como para subir y bajar “a
pata”. Y además pensando que estás bajo tierra. ¡Yu-yu!
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