Una de
las cosas más o menos relevantes que tiene el vivir en un pueblo costero con
playa, sobre todo si éste tiene cierto nombre a nivel mundial en el circuito
surfero, es precisamente ésa: la
convivencia cotidiana entre el surf y los usuarios de la playa –léase bañistas,
paseantes, gente de playa-.

Es así
que, llegando el verano, el número de surfers sube a cotas inimaginables,
debido sobre todo al boom que están teniendo las escuelas de surf, no sólo las
locales, sino también las que vienen del extranjero (inglesas, australianas)
que utilizan como base de operaciones el camping de Zarautz, reservandose un
lugar exclusivo para montar las tiendas y todas sus demás instalaciones y
parafernalia, y que aprovechan esta temporada para impartir sus clases a todos
los aficionados.
He
estado haciendo un somero recuento, y he contado hasta nueve escuelas de surf, llamémoslas
oficiales puesto que creo que hay alguna más pirata, que utiliza la playa para dar clases de iniciación y
afianzamiento aunque no se haya registrado en el Ayuntamiento.
Y es
que, dado la gran afluencia de surfers y de escuelas de surf en la playa de
Zarautz, el Ayuntamiento ha tenido que tomar cartas en el asunto: por una parte
ha regulado las condiciones de impartición de clases (nº de alumnos por
monitor), ha creado horarios de utilización y ha concretado zonas específicas
para el uso exclusivo de los surfers ( y supongo que también les habrá cobrado
sus buenas cotas e impuestos, ¡que para ello bien fino que es!).

De
todas formas hay que reconocer que el surf y Zarautz van unidos, por lo que la
convivencia entre ambos va a tener que seguir siendo realmente necesaria.
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