Hay una
etapa en la vida de muchos niños que se suele denominar “miedos o terrores
infantiles”. Generalmente van siempre asociados con el miedo a la oscuridad y
con la aparición de monstruos ficticios que los niños y niñas creen ver en sus
ámbitos cercanos: bajo la cama, en los armarios de las habitaciones en las que
duermen, en los rincones oscuros de pasillos o dormitorios…
El
origen de los mismos es incierto aunque muchas veces está relacionado con
cuentos que se les han contado, o con
imágenes que han visto y han reinterpretado de manera negativa y
aterradora.
Yo fui
uno de esos niños.
Durante
un periodo relativamente corto, no mucho más allá de un par de meses, fui
sujeto de terrores infantiles, y todo a resultas de la visión de una película.
Me explico:
De
chaval, con 6-7 años, mi amona me solía llevar los domingos por la tarde al
cine a “Los Luises”, una especie de
local parroquial en el que se proyectaban películas de todo tipo -vaqueradas,
de romanos, de risa (Charlot, el Gordo y el Flaco, Abot y Costello),
“españoladas”- pero también alguna que otra “de miedo”.
Y fue precisamente una
de estas, “El monstruo de la Laguna Negra”, la que hizo surgir en mí los
terrores infantiles.
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Cartel original de la película "El monstruo de la Laguna Negra".
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En
aquella época, yo prácticamente todos los días iba a cenar a casa de mi amona
que vivía en el cuarto piso de un edificio antiguo, con un portal oscuro, unas
escaleras de madera con una iluminación escasa por las bombillas de poca
potencia y que, además, tenía las escaleras de acceso a las buhardillas –sin
iluminación- al lado de la entrada a la
casa de la amona. ¡Para qué más!
Yo
presentía, me imaginaba, sentía, al acecho al monstruo del lago queriéndome
atrapar con sus garras, surgiendo de las oscuridades, en cualquier esquina, de
tal manera que era incapaz de subir por las escaleras, así que asomándome al
portal llamaba a voz en grito a mi amona para que bajase a acompañarme a subir
hasta el cuarto piso.
Ya digo
que fue un periodo que duró un par de meses o así, pero que fue totalmente
vívido para mí y muy desazonante además.
¡Y todo
por una película!
De
todas formas, y quizás precisamente por ello, desde entonces he sido, y soy un
gran aficionado al cine de terror, ¡que además no me quita el sueño!
Así que
el otro día cuando trasteando por
Internet, me topé con la película en cuestión, “El monstruo de la Laguna Negra”,
no dudé en bajármela y la he vuelto a ver.
Hay que
tener en cuenta que la veía indudablemente desde otra perspectiva completamente
distinta -han pasado más de 50 años-, pero me ha parecido que el monstruo que
me aterrorizó “no daba la talla” en comparación con los que he visto
posteriormente en muchas otra películas, pero… los terrores infantiles, ya se
sabe, cosas de niños, ¡ya!